Verdad versus Storytelling

En una reciente editorial en Nature se discutían unos  resultados epidemiológicos que ponían en duda la supuesta conexión entre el sobrepeso y una vida más corta, así como  la agresiva reacción contra la publicación de este estudio por parte de médicos y nutricionistas.

Del debate me llama la atención un punto  problemático: algunos investigadores -y en buena parte la editorial de Nature- apuntan a una misma posición: aunque los datos sean verdaderos, quizás no deberían publicarse, pues el ciudadano de a pie se los tomará como una licencia para hicharse a comer galletas a lo cookie monster.

Cookie Monster

Me want cookie! Fat is good!

Que científicos defiendan que ciertas verdades han de enmascararse para no perjudicar a la población es ciertamente peculiar, para ser suaves. Es trabajo  de periodistas y divulgadores científicos  poner los resultados en su contexto, y en ningún caso se ha proponer la censura de contenidos científicos.

Se trata sin duda de un problema menor. El artículo y otros similares han sido publicados, y la posición mayoritaria de la comunidad científica es la de seguir permitiendo tales publicaciones. Me preocupa este fenómeno como síntoma de una enfermedad más grave: la obsesión por el storytelling.

Los científicos que querían que no se publicara el artículo en cuestión, y la editorial de Nature, no criticaban en ningún momento la fiabilidad de los datos. Su argumento era que la gente tenía que escuchar una historia coherente: el exceso de peso es malo para la salud y punto. Presentar estudios que ponen en peligro esta narración básica confundiría al público que se sentiría libre de hacer la lectura contraria -engordar no es malo, pues no entenderían que se trata de un estudio concreto que apunta a una dirección contra muchos otros que apuntan en la dirección contraria. El público, nos vienen a decir, no debe recibir informaciones verdaderas. Ha de escuchar historias coherentes que le digan como comportarse.

Echémosle un vistazo a cualquier manual de comunicación efectiva o de pedagogía innovadora, y se nos insistirá en la importancia de contar historias y no argumentos. Los argumentos, nos dicen, entran por una oreja y salen por la otra, pero las historias permanecen pues como especie estamos diseñados para recordar y asimilar mejor la información en formato historias

Me parece estupendo como técnica retórica, pero no hay que olvidar que esta afición por contar historias va ligado a un sesgo muy poderoso en nuestra forma de ver el mundo: el sesgo de la coherencia. Nos suena más verdadera y fiable una historia en la que todo cuadra que una historia que deja cabos sueltos. De ahí la vigencia y facilidad de difusión de las teorías de la conspiración, el reenvío de “noticias” a través de las redes sociales que resultan ser bulos, etc.

La realidad no tiene ninguna obligación de ser coherente. De hecho, deberíamos sospechar de cualquier explicación sobre cuestiones complejas (política, economía, arte, etc. ) en la que todo cuadre. Popper y Taleb han llenado brillantes páginas advirtiéndonos contra ese tipo de tentaciones

Da5id

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